jueves, 5 de octubre de 2017

Sólo palabras...

Hoy hablando con un amigo le he dado las gracias y me ha respondido que no hacía falta que “eran solo palabras”. El caso es que la frase me ha dado que pensar y me he dado cuenta de que las palabras son mucho más que simples palabras, por paradójico que parezca. Las palabras son una parte esencial de lo que somos, nos definen, siendo la base de nuestra identidad desde el mismo momento en el que nacemos, con algo tan sencillo como nuestro nombre. Las palabras nos atan y nos limitan, condicionan lo que podemos expresar, lo que somos e incluso lo que sentimos, o, al menos, lo que somos capaces de transmitir a otros que estamos sintiendo.

El poder de las palabras es tal, que el abismo que media entre un “te odio” y un “te quiero” o entre un “sí” y un “no”, que no es más que una simple palabra, es tal que puede hacer que toda nuestra vida dé un giro de 180º. Todos sabemos de lo que es capaz un “aquí estoy” cuando necesitamos una mano amiga; la diferencia entre expresar un “necesito ayuda” o no ser capaz de hacerlo. De hecho, su poder es tal que incluso cuando no están, cuando lo que tenemos es esa ausencia total de ellas que llamamos silencio, podemos ver mundos abrirse ante nosotros o derrumbarse bajo nuestros pies.

Las palabras hieren, curan, alegran, reparan, rompen, crean, ayudan, entristecen, enamoran… Nos permiten viajar a mil mundos o encontrar caminos hacia nosotros mismos; viniendo de la persona adecuada pueden convertirnos en héroes capaces de afrontar cualquier gesta o en monstruos responsables de horrores que ni entendemos. Nos ayudan a entender quienes somos, hemos sido o podríamos ser; nos abren todas las puertas, desde las que guardan las cosas más triviales hasta las que ocultan los secretos más ignotos del universo. Son un arma y un escudo, un bálsamo y un veneno, tienen más posibilidades de las que somos capaces de imaginar y al tiempo están limitadas al uso que somos capaces de darles. Son, en definitiva, el instrumento más increíble y versátil que hemos sido capaces de crear.

Las hemos usado durante milenios con usos casi ilimitados: para confortar a un amigo, para declarar nuestro amor, para recordar lo que ha sucedido o para empezar a crear lo que sucederá. Pero también hemos sido capaces de emplearlas para dividirnos entre nosotros, para crear muros o para encerrar a quienes nos estorban.


En definitiva, si algo está claro de las palabras es que difícilmente son “solo palabras”, la misma intención con que las usamos, el sentido que queremos darles o a quién las dirigimos las convierten en algo más que un conjunto de letras. Desde el mismo momento en el que salen de nuestra boca o nuestras manos, se convierten en una extensión de nosotros mismos, intangible, con la que mostramos nuestra propia humanidad y todo lo que esta conlleva, permitiéndonos llegar donde el resto de nosotros no es capaz, escapando de los límites de lo meramente físico y demostrándonos, a nosotros y a los demás, que, verdaderamente, una simple palabra puede cambiarlo todo.