Hoy hablando con
un amigo le he dado las gracias y me ha respondido que no hacía falta que “eran
solo palabras”. El caso es que la frase me ha dado que pensar y me he dado
cuenta de que las palabras son mucho más que simples palabras, por paradójico
que parezca. Las palabras son una parte esencial de lo que somos, nos definen,
siendo la base de nuestra identidad desde el mismo momento en el que nacemos,
con algo tan sencillo como nuestro nombre. Las palabras nos atan y nos limitan,
condicionan lo que podemos expresar, lo que somos e incluso lo que sentimos, o,
al menos, lo que somos capaces de transmitir a otros que estamos sintiendo.
El poder de las palabras es
tal, que el abismo que media entre un “te odio” y un “te quiero” o entre un
“sí” y un “no”, que no es más que una simple palabra, es tal que puede hacer que
toda nuestra vida dé un giro de 180º. Todos sabemos de lo que es capaz un “aquí
estoy” cuando necesitamos una mano amiga; la diferencia entre expresar un
“necesito ayuda” o no ser capaz de hacerlo. De hecho, su poder es tal que
incluso cuando no están, cuando lo que tenemos es esa ausencia total de ellas
que llamamos silencio, podemos ver mundos abrirse ante nosotros o derrumbarse
bajo nuestros pies.
Las palabras hieren, curan,
alegran, reparan, rompen, crean, ayudan, entristecen, enamoran… Nos permiten
viajar a mil mundos o encontrar caminos hacia nosotros mismos; viniendo de la
persona adecuada pueden convertirnos en héroes capaces de afrontar cualquier
gesta o en monstruos responsables de horrores que ni entendemos. Nos ayudan a entender
quienes somos, hemos sido o podríamos ser; nos abren todas las puertas, desde
las que guardan las cosas más triviales hasta las que ocultan los secretos más
ignotos del universo. Son un arma y un escudo, un bálsamo y un veneno, tienen
más posibilidades de las que somos capaces de imaginar y al tiempo están
limitadas al uso que somos capaces de darles. Son, en definitiva, el
instrumento más increíble y versátil que hemos sido capaces de crear.
Las hemos usado durante
milenios con usos casi ilimitados: para confortar a un amigo, para declarar
nuestro amor, para recordar lo que ha sucedido o para empezar a crear lo que
sucederá. Pero también hemos sido capaces de emplearlas para dividirnos entre
nosotros, para crear muros o para encerrar a quienes nos estorban.
En definitiva, si algo está
claro de las palabras es que difícilmente son “solo palabras”, la misma
intención con que las usamos, el sentido que queremos darles o a quién las
dirigimos las convierten en algo más que un conjunto de letras. Desde el mismo
momento en el que salen de nuestra boca o nuestras manos, se convierten en una
extensión de nosotros mismos, intangible, con la que mostramos nuestra propia
humanidad y todo lo que esta conlleva, permitiéndonos llegar donde el resto de
nosotros no es capaz, escapando de los límites de lo meramente físico y
demostrándonos, a nosotros y a los demás, que, verdaderamente, una simple
palabra puede cambiarlo todo.