martes, 26 de septiembre de 2017

Relato en gris

La luz mortecina de aquella tarde gris de noviembre se colaba a través de la ventana del despacho. Mientras un cigarrillo encendido se consumía en su mano, Michel observaba distraído la ciudad que, a través del cristal, parecía dormitar bajo un cielo encapotado que, más que amenazar, prometía un intenso chaparrón. Siguió con la mirada fija en el paisaje urbano, a la vez familiar y desconocido, mientras cavilaba sobre el motivo que le había llevado a su despacho en aquella tarde desapacible, hasta que notó caer la ceniza sobre su zapato. Aquello le sacó de su ensimismamiento y le hizo mostrar una momentánea mueca de contrariedad cuando, al bajar la mirada, halló una pequeña mancha grisácea sobre el inmaculado cuero negro. Entonces dio una calada al cigarro y echó un último vistazo a la urbe, sobre la que ya empezaban a descargar las primeras gotas del esperado aguacero, y se volvió hacia el interior del despacho.

Antes de decidirse a resolver el desagradable asunto que le tenía ofuscado, dedicó unos instantes a observar el despacho, dejando que le embargara un fugaz sentimiento de satisfacción. Aquella habitación, situada a las afueras, era sin duda uno de sus mayores logros. Había hecho de aquellas cuatro paredes su feudo particular, su dominio privado; una especie de sanctasanctórum dedicado a sí mismo. Cada mueble, cada detalle, hasta cada mota de polvo había sido meticulosamente seleccionada para formar parte de aquel todo. Mientras se dirigía hacia el escritorio, pasó la mano por la pulida librería de caoba, sintiendo el cálido tacto de la madera en su mano e incluso se detuvo un momento para fijar la mirada en uno de los libros que poblaban las estanterías, todos ellos títulos que significaban, o habían significado, algo para él y cada uno encuadernado en la edición más cuidada y exclusiva. Sonrió al notar el roce del cuero en sus dedos mientras pasaba la mano por los lomos forrados en piel, antes de apartarla para mover hacia un lado su sillón y sentarse al escritorio.

Encendió la lámpara que se encontraba sobre el mismo y vio de nuevo, sobre su mesa de despacho, la causa de la inquietud que lo abrumaba desde aquella mañana. Allí estaba, un simple sobre, sin remitente ni destinatario, a excepción de tres palabras, trazadas con mano firme y una caligrafía esbelta y elegante, que le resultaba ligeramente familiar. Michel cogió el sobre y leyó, una vez más, aquellas tres palabras que semejaban no decir nada, pero prometían significarlo todo: “Michel Saint-Germain”. Un leve escalofrío y un aluvión de viejos recuerdos le estremecieron al releer su nombre completo escrito en aquel sobre. Muy poca gente recordaba aún ese nombre, y todavía menos lo habrían escrito en aquella misiva. Dejó de nuevo la carta sobre el escritorio y cogió un cigarro de su pitillera. Fue entonces, mientras exhalaba el humo y jugueteaba distraído con su mechero, cuando, al ver las iniciales grabadas en él, comprendió quién enviaba aquel mensaje. 

Ella. No podía ser otra persona. La mujer que años atrás le había regalado aquel objeto y que había hecho grabar tres letras sobre la piel de plata del pequeño encendedor, insistiendo al joyero para que respetara su caligrafía. M. S. G. Ahora entendía por qué le resultaban tan familiares aquellos trazos y por qué no figuraba ningún remitente en la parte posterior de aquel maldito sobre. Ella había debido suponer que él aún la recordaría, que aún estaría dispuesto a acudir a su llamada.

Michel dejó consumirse el cigarrillo en un cenicero atestado de colillas, mientras se recostaba en su asiento y clavaba la mirada en el techo. Cerró los ojos, tratando de aclarar sus ideas y se perdió en el mar de su memoria. Volvió a encontrarse con viejos conocidos, que creía desaparecidos para siempre; a oír conversaciones, amenazas, susurros y promesas olvidados años atrás; a revivir los momentos más alegres y los más amargos, como si se tratara de la vida de otra persona; y, en el centro de todo, como dando sentido a todo ese caótico maremágnum, volvió a verla a ella. De repente, como si nunca hubiera llegado a irse, recordó a la perfección las facciones de su rostro, el sonido de su voz, el tacto de su piel. Todo seguía allí, como si hubiera estado esperando el momento idóneo para reaparecer y éste al fin hubiera llegado. Pudo evocar todos y cada uno de los momentos que pasaron juntos, hasta el más mínimo detalle. Sus gestos, su mirada y hasta su perfume se volvieron vívidos en su memoria, como si hubiera sido esa misma mañana, y no largos años atrás, cuando se dijeron adiós por última vez.

Cuando volvió a abrir los ojos, la débil luz del crepúsculo abandonaba su despacho para dejar paso a la oscuridad de la noche, que llegaba como una vieja amiga para adueñarse de cada rincón de la sala. Volvió a mirar su escritorio y allí, bajo la lámpara, que se había convertido en la única luz de la habitación, volvió a ver el sobre. En ese momento fue consciente de lo que debía hacer y tomo la determinación de llevarlo a cabo antes de que pudiera arrepentirse. Tomó el cenicero rebosante de colillas y cigarrillos a medio fumar y lo vació. Entonces, cogió el sobre y, sin abrirlo ni interesarse por lo que pudiera contener, sacó de nuevo su mechero y lo encendió, acercándolo a la esquina del papel. Luego sólo tuvo que esperar a que las llamas prendieran lo suficiente, antes dejarlo en el cenicero, para asegurarse de que aquella carta desaparecía para siempre. 

Esperó hasta que el último rescoldo se consumió para apagar la luz del escritorio. Entonces, se dirigió hacia la salida, cogió su abrigo y su sombrero y abrió la puerta para irse. Sólo mientras se calaba el sombrero al cruzar el umbral, un último atisbo de melancolía lo hizo volverse hacia el interior, donde una débil voluta de humo se llevaba para siempre al hombre que una vez había sido. Hizo un leve asentimiento de cabeza, a modo de despedida, para después salir, cerrando la puerta tras de sí.

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